un color dorado intenso satura el cielo, anunciando la llegada del sol.
El crepúsculo matutino.
El mundo descansa en silencio y armonía.
Ligeramente, se oye el despertar de los primeros pájaros.
Ligeramente, se perciben los pasos del reloj.
Ya casi son las cinco.
La manecilla grande está por alcanzar el número doce,
mientras que la otra aguja,
más fugaz,
más efímera,
desea hacer su recorrido cada vez más lento,
intentando hacer ese momento más eterno,
cómplice del amor.
Las cinco.
Si tan solo pudiera mantenerse en aquel instante,
donde el tiempo no pasa.
La pasión apaciguada que permanece allí,
entre las sábanas.
El reloj de los amantes.
No quiere despertar,
quiere perdurar,
quiere eternizarse.
Las seis de la madrugada.
El reloj que marca tu existencia.
Las seis y media.
El reloj que suena.
El tiempo que se presenta como un Dios siniestro,
imposible de alcanzar.
Las siete.
El reloj que ancla a los amantes
en la cárcel del cuerpo,
en la esclavitud del tiempo
y los sentencia a cadena perpetua,
gimiendo en prisiones.
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