Necesitaba ordenar mis inmediatas intuiciones, identificarlas y hacerlas sentimiento. Desde ya, sabía lo que quería pero eso mismo que quería me impulsaba a correr, a marcharme, a cambiar de vida, llamarme a mí misma estúpida porque había caído una vez más, en eso que siempre trataba de esquivar. Pero esta vez no tenía la sensación de estar llegando a la misma clase de final, esta vez el miedo que sentía era distinto. Esta vez el miedo no era por mí, era por él. Ese miedo egoísta que asumía que nadie iba a hacerme mal me frustró. Me cansé y tuve que ceder. Dejar de simular que todo me chupaba un huevo, dejar de tomar con pinzas a todo el que se me acercara, dejar de aparentar ese egoísmo. Mientras yo me atolondraba, él aceptaba, aparentemente, lo que le decía; mientras yo me mentía, mientras me disfrazaba de fría, él comprendía la verdad subyacente. Tengo miedo por lo que pueda llegar a hacer, te tengo miedo, me tengo miedo, y tengo miedo por vos. Pero no por mí, esta vez no, porque esta vez sí me hace bien. Y no quiero asustarte, pero te quiero, esta vez no quiero mentirme, en serio te quiero.
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